EL DIARIO

Miercoles, 14 de Abril del 2021

Un presidente que sólo sabe “colgarse” del campo argentino, sofocándolo con impuestos

Por Emilio Cárdenas, el 5 marzo, 2021

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Emilio Cárdenas

Emilio Cárdenas

Realmente, nunca en mi vida he tenido una sensación tan amarga como la que hoy me embarga. Lo que naturalmente me preocupa, enormemente: la de sospechar que nuestro presidente, en realidad, francamente no tiene la menor idea de cómo gobernar y reactivar al país.

Su CV así lo sugería, al menos aparentemente. Alberto Fernández nunca fue actor en el mundo de la realidad económica. Se autodenomina, pomposamente, “profesor” de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Un hombre, entonces, de la academia. Pero quizás ello no sea realmente tan así.

Nunca ganó, por concurso, ninguna cátedra de “su” materia: el Derecho Penal. Sólo obtuvo, de alguna manera más o menos digitada –“a dedo”- por alguien, una designación universitaria muy menor, parecida, en rigor, a la de un auxiliar docente.

Nunca escribió nada destacable en su propia especialidad. Y, hoy tiene el timón del país en sus inexpertas manos, “legitimado” por la decisión de sus conciudadanos, evidenciada en las urnas, como debe naturalmente ser en un país democrático, como felizmente es el nuestro.

Todo lo que se le ocurre a Alberto Fernández, además de “extrañar” públicamente a Hugo Chávez, es el camino trillado de expoliar cada vez más al campo, con una nube densa de impuestos, gravámenes y medidas burocráticas.

Los hombres de campo lo saben bien y están muy enojados. Con toda razón. Lo cierto es que nada menos que el sector más productivo de la economía argentina está ya agobiado. Casi sin aire. Todos los demás viven más o menos alegremente de él, efectivamente “montados” sobre sus hombros. Por esto la sensación creciente de injusticia y de amargo hartazgo y desengaño que ha invadido al mundo rural.

Para peor, el “jurista” que nos gobierna ataca abiertamente a la misma Corte Suprema, lo que profesionalmente luce como algo bastante indigno. Sino desgraciado. Porque el más alto tribunal del país no se pliega dócilmente a su esfuerzo por tratar de construir un clima de absoluta impunidad, que favorezca a los políticos corruptos a los que se está procesando muy lentamente en nuestros aparentemente angustiados tribunales de justicia.

Alberto Fernández les pide, increíblemente, a los hombres de campo “presentarle ideas”. Presumiblemente porque él no las tiene, pese a que su responsabilidad central es, nada menos, que la de gobernar. Para eso fue votado. Bien o mal. ¿O no es así?

Lo que sucede aniquila inexorablemente a la confianza y expropia cruelmente el futuro mismo de los argentinos.

Todo deviene, de pronto, un signo más de duda o de interrogación; de aquellos que se sabe que no tienen respuesta, para peor.

El pesimismo se extiende y se generaliza. Pese a las ya poco creíbles denuncias del gobierno contra los “agoreros” de siempre. A los mensajes obvios de alerta, entonces. El corto plazo y las urgencias cotidianas se apoderan de todos y de todo.

Construir en este tan extraño clima no es, para nada, tarea fácil. La urgencia es una sola: la de sobrevivir, de ser posible. Y ella nubla, es evidente, todo lo que tiene que ver con el mañana.

Pronto habrá elecciones y no es imposible que los argentinos nos volvamos a equivocar muy feo. Pero, cuidado, tampoco es imposible que una elección “intermedia” sea el momento para expresar la necesidad de un ya imperioso cambio cualitativo en el plano mismo de la política.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

 

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