EL DIARIO

Martes, 27 de Octubre del 2020

El Presidente uruguayo apoya abiertamente a su sector rural

Por Emilio Cárdenas, el 22 septiembre, 2020

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Emilio Cárdenas

Emilio Cárdenas

Uruguay tiene un presidente de lujo, por su gran calidad: Luis Lacalle Pou. Por eso no sorprende cada vez que, con valentía, sencillez y precisión, define su muy aplaudida acción de gobierno.

Hace pocos días, como estaba previsto, concurrió a cerrar, con su presencia y discurso, la llamada “Expo Prado”, la muestra que reúne a los productores rurales, año a año, en Montevideo, donde sus dirigentes expresan claramente su parecer sobre la marcha del sector y de la economía nacional, en su conjunto. Y fue allí recibido con el cariño y el respeto que tiene bien merecidos.

“Yo estoy con el campo”, dijo. Más claro, el agua. Esto es, con el esfuerzo y el trabajo honestos. La visitó y recorrió, curioso, algunos de sus notables stands. Allí se mezcló y conversó con los productores, achicando las distancias, como corresponde. Estuvo acompañado por muchos de los integrantes de su interesante gabinete de gobierno. Y se ufanó, con razón, de haber enfrentado la difícil situación derivada de la pandemia que nos azota a todos sin nuevos impuestos y sin aumentar los existentes. Sin demagogia, ni expresión interesada de resentimientos, como sucedió, en cambio, en la vecina Argentina.

Lo acompañó Gabriel Capurro, el valiente presidente de la Asociación Rural del Uruguay, quien señaló que acompaña al presidente en su empeño por solucionar los problemas derivados de la pobreza.

En sus declaraciones a los medios, Gabriel Capurro señaló que la desigualdad entre las personas “es natural y justa”. Porque generalmente ella depende del esfuerzo que dignifica y de la habilidad propia de cada uno. Y, en función de la misma naturaleza humana, somos todos distintos, es cierto y, además, eso es muy obvio. La diversidad vivifica y hace crecer; la uniformidad, en cambio, nos adormece y retrasa.

No obstante, Capurro aclaró, con soltura, que la desigualdad no debe ser extrema, lo que supone el deber de los gobiernos de procurar morigerarlas, siempre desde la razonabilidad y el respeto a la ley y a los demás.

El defecto obvio de la igualdad es que sólo la queremos con los de arriba. Y, de ser posible, sin contraprestación alguna en materia de conducta, como lo propone en la Argentina el llamado “peronismo”.

 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

 

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