EL DIARIO

Martes, 11 de Agosto del 2020

Un país distinto, que “quiere” ser “inviable”

Por El Diario, el 11 mayo, 2020

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Emilio Cárdenas

Emilio Cárdenas

Pienso en un país favorecido, en alguna medida, por la madre naturaleza que, no obstante, por décadas ha retrocedido constante -e inexorablemente- respecto de los demás. Como si nada le preocupara. Y como si no estuviera dispuesto a cambiar. Que está, socialmente, dividido en tres grandes tercios.

Primero aparece un tercio de su población que “vive en el Estado”. Son las legiones de empleados públicos, que conforman su inmensa planta de trabajadores, de escasa productividad y llena de privilegios.

Segundo, otro tercio, compuesto en este caso por los que “viven del Estado”, percibiendo toda suerte de subsidios. Algunos directamente. Otros, disimulados. A punto tal, que consideran que ese es un derecho que les pertenece y que es, en esencia, el derecho a poder “vivir de los demás”.

El último tercio es, en cambio, el compuesto por todos quienes trabajan en el sector privado, sometido a una creciente y, por supuesto, frustrante presión fiscal que los sofoca, pagando nada menos que 165 distintos impuestos dispuestos por las autoridades, a todos los niveles.

Éstas, cabe aclarar, son populistas y responden esencialmente a los otros dos tercios que, juntos, conforman, aunque muy escasamente, la mayoría de los votos que ellos depositan regularmente en las urnas, fundamentalmente para que nada cambie. Nunca.

Son políticos “de raza”, adoradores del mediocre “status quo” que, bien o mal, han construido en su favor, a la manera de “clase dominante”. Ven “clientes” fieles en aquellos a los que “representan”, en la que en rigor es una actitud pequeña y vergonzante, en procura de que nada se altere.

No son, entonces, adoradores del esfuerzo. Más bien, son conformistas y no se preocupan por la capa de profunda mediocridad que, por años, ha paralizado el crecimiento del país ante los ojos atónitos -e incrédulos- de la comunidad internacional toda, que hasta no hace mucho curiosamente no hacía el descarnado análisis genérico precedente.

Pero las cosas parecen haber cambiado. De pronto, en el exterior ven a la conducta de la aludida sociedad como efectivamente es. Incorregible.

Y ya no le dan crédito alguno. La eluden. Porque tienen claro que, por novena vez en la historia, el país al que nos referimos va a incumplir, suelto de cuerpo, con sus obligaciones crediticias externas. Sin sonrojarse por un instante, claro está.

Ante esas complejas circunstancias, el país al que nos referimos recurre entonces a expoliar fiscalmente, de muy distintos modos, a algunos de sus propios ciudadanos. Concretamente a los que denominan, sarcásticamente: “los que más tienen”. A los que inconscientemente “descapitalizan”, sin rubor alguno.

Pese a que son los únicos, en rigor, que motorizan el ya anémico flujo de la inversión doméstica que, ante el repentino “cierre” de los mercados de crédito externos, es ahora, sin embargo, absolutamente decisiva para que el flujo de la decadencia no se profundice, aún más rápidamente que hasta ahora.

Eso es “vivir el momento” y no advertir las ineludibles consecuencias adversas de la increíble “estrategia” política mayoritaria, antes comentada. Es caminar, despreocupados, por el borde mismo del precipicio. Es renunciar a la sensatez.

Ante ese peligroso estado de cosas, desde el poder se edifican toda suerte de “biombos” políticos, para que todo suceda sin que nadie se dé realmente cuenta. Para disimular y confundir.

Pero ya es demasiado tarde para “no cambiar”.

A través de todas las últimas décadas, el lamentable devenir ha puesto a los tres tercios del país al que me refiero al borde mismo de un abismo que luce cada vez más profundo, mal que les pese. Es evidente que, más allá de las conocidas declamaciones, nadie piensa honestamente en sus hijos o en sus nietos.

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

 

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