EL DIARIO

Viernes, 24 de Enero del 2020

El peronismo vuelve a discriminar contra el campo, ordeñándolo una vez más, hasta dejarlo exhausto y seco

Por Emilio Cárdenas, el 9 enero, 2020

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Emilio Cárdenas

Emilio Cárdenas

Una nueva administración peronista acaba de hacerse cargo del gobierno nacional de la República Argentina. Después de haber sido electa, en las urnas, por algo menos de la mitad de los votos totales.

 

De esta manera, la historia se repite. Una vez más. Pese a las reiteradas malas experiencias derivadas de las gestiones de los gobiernos peronistas del pasado, que son los responsables directos de haber condenado a la Argentina a quedar fuertemente postergada en su desarrollo cuando se la compara con el proceso de desarrollo de otros países que, como ocurre ciertamente con el nuestro, tienen también un importante potencial de producción agropecuaria, como son los conocidos casos de Australia, Canadá y Nueva Zelanda.

 

El notorio fracaso histórico del proceso de desarrollo argentino tiene, evidentemente, mucho que ver con el conocido y constante hábito malsano argentino de asfixiar constantemente al campo y vivir –todos- colgados cómodamente de su esfuerzo, apropiándose de su renta, esto es del incansable esfuerzo productivo de los empresarios y del personal rural. Con lo que se sigue alimentando a un sector público desproporcionadamente pesado. Actuando, en conjunto, a la manera de vampiros.

 

Las nuevas autoridades nacionales, encabezadas por un opaco Alberto Fernández, un oscuro especialista en Derecho Penal, al que no se le conocen contribuciones importantes a la ciencia que enseña en nuestros siempre poblados ámbitos universitarios, han vuelto a adoptar la estrategia de siempre, apuntando a expoliar al campo y privilegiar en cambio a quienes no tienen su alta productividad, ni comparten en modo alguno su cultura del esfuerzo.

 

La “clase política” hoy es la “elite” que controla a nuestro país, alimentándose -abierta y ostensiblemente- de él.

 

Más impuestos al campo. Esa es la conocida y reiterada receta, que hemos vuelto a reiterar. Que vuelve a postergar el desarrollo del potencial propio del sector, el más eficiente de nuestro país. Y a ser un atractivo negocio para la “clase política”, que sabe bien que el campo tiene menos votos que el resto de la economía de nuestro país. Y que, pese a todo, baja la cabeza y, debilitado en extremo, sigue trabajando. Pese al injusto castigo y a las reiteradas postergaciones a las que se lo somete.

 

Da pena verlo. Pero está ya meridianamente claro que esta práctica es la principal responsable de nuestra postergación cuando se nos compara con el resto del mundo. Y es hora de reconocerlo y hacerlo público para que nuestros hijos y el resto del mundo tenga conciencia de que es lo que, increíblemente, nos ha sucedido y sigue sucediendo. A lo que ahora se agrega una pérdida total de credibilidad en el exterior que nos dificulta al tiempo de recurrir alegremente, como es y ha sido habitual, a los mercados de crédito para financiar allí nuestro confuso presente, sin advertir que, hace rato ya, hemos hipotecado nuestro futuro. Y el de nuestros hijos y nietos, por igual.

 

 

 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

 

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