EL DIARIO

Viernes, 14 de Diciembre del 2018

Las Naciones Unidas Condenan a Trump por el Reconocimiento de Jerusalén

Por Emilio Cárdenas, el 3 enero, 2018

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En la Asamblea General de las Naciones Unidas 128 Estados Miembros lograron recientemente que se sancionara una resolución, no obligatoria, denunciando la decisión norteamericana de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel. La decisión se tomó pese a las amenazas concretas de los norteamericanos de suspender la ayuda financiera prestada a aquellos países que se pronunciaran sobre Jerusalén de manera distinta a la norteamericana. Fue, entonces, todo un desafío.

 

La posición norteamericana modificó –cabe señalar- medio siglo de coincidencias sobre la situación de Jerusalén. Por esto, algunos aliados tradicionales de los EEUU, como Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón, votaron a favor de la resolución. Otros, como la Argentina, Australia y Canadá, eligieron abstenerse.

 

El tema es particularmente emotivo en Medio Oriente y la posición norteamericana generó el rechazo del mundo árabe, que reaccionó a través de la Liga Árabe, declarando a Jerusalén capital de Palestina. Para los norteamericanos, la mencionada resolución no obligatoria de la Asamblea General de la ONU debe simplemente tenerse por nula.

 

Pese a ello, no lo es. Desde 1967, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sostiene que la situación de Jerusalén debe formar parte de un acuerdo global sobre la paz en ese rincón del mundo. La reacción de la Asamblea General de la ONU tuvo el carácter de “desplante” respecto de Donald Trump y las explicaciones de los votos sobre la misma no ahorraron críticas respecto de la repentina decisión norteamericana sobre Jerusalén.

 

Por lo demás, los norteamericanos sólo lograron que, al votar en contra de la resolución de la Asamblea General de la ONU sobre Jerusalén, los acompañara un grupo de muy pequeños países, compuesto por: Guatemala, Honduras, Togo, las Islas Marshall, Micronesia, Nauru y Palau. Poco y nada, desde que todos esos mini-estados dependen, para sobrevivir, de la ayuda financiera norteamericana.

 

Ni Egipto, ni Jordania, ni Afganistán, ni Irak, ni Paquistán, países todos que también dependen de la ayuda americana, se abstuvieron. Todos ellos votaron en contra. La resolución de caso había sido preparada por Turquía y Yemen. Por el momento la opinión prevaleciente en la comunidad internacional es que la parte Este de Jerusalén, ocupada por Israel en 1967, debiera ser –en su momento- la capital de Palestina. Lo cierto es que presumiblemente ello dependerá de las circunstancias.

 

Los mismos Estados que promovieron la resolución adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas intentaron que el Consejo de Seguridad adoptara –en su ámbito- una resolución similar. Ello no ocurrió porque, como se esperaba, los norteamericanos vetaron inmediatamente el proyecto, lo que lo hizo naufragar.

 

Las relaciones entre la administración de Donald Trump y las Naciones Unidas están lejos de ser ideales. Como ocurriera en su momento, en tiempos de Franklin Delano Roosevelt, la desconfianza es recíproca.

 

El acercamiento logrado con la organización multinacional durante la gestión de Barack Obama parece haberse evaporado. Hoy las Naciones Unidas no acompañan, en general, la política exterior norteamericana.

 

La dureza de la actual representante permanente de los Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, está –de alguna manera- resultando contraproducente. En rigor, esta vez hubo más abstenciones que en las cinco oportunidades previas en las que la Asamblea General dictara resoluciones vinculadas con el conflicto que enfrenta a Israel con los palestinos. Lo que es toda una señal.

 

Tan pronto Donald Trump anunció la decisión de su gobierno de reconocer a la vieja ciudad de Jerusalem como la capital de Israel otros países comenzaron a analizar la posibilidad de acompañarlo. Esa decisión fue inmediatamente compartida por Guatemala y habría ya unos diez países más que podrían sumarse a ese todavía pequeño grupo.

 

Los Estados Unidos, cuando advirtieron la posible sanción de la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas antes mencionada, que no coincide con su posición sobre la situación de Jerusalem, amenazaron con tomar “represalias” económicas contra las Naciones Unidas, si eso sucedía. En la que pareciera ser una expresión nítida de la política del llamado “big stick”. Lo que acaba de suceder y es por cierto lamentable.

 

Se trata de una reducción del presupuesto ordinario de las Naciones Unidas del orden de unos 285 millones de dólares. La combativa representante permanente de los EEUU ante las Naciones Unidas, Nikki Haley, comentó -al tiempo de anunciar el recorte- que “nosotros no permitiremos que se aprovechen de la generosidad de los Americanos”.

 

O, lo que es lo mismo, “si no están de acuerdo con nosotros, no contribuiremos a las Naciones Unidas”. Algo así como “no jugar” el partido, argumentando ser “el dueño de la pelota”. Amargo anuncio.

 

Los norteamericanos, recordemos, contribuyen con el 22% de los fondos que requiere el presupuesto ordinario de las Naciones Unidas y, además, con el 28,5% del presupuesto –especial y separado- de las operaciones de mantenimiento de la paz de la organización. Son financieramente el mayor contribuyente de las Naciones Unidas, pero no contribuyen con tropas, ni efectivos de nigún tipo, a las mismas.

 

 

 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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