EL DIARIO

Domingo, 17 de Diciembre del 2017

Por Emilio Cárdenas: El Llamado “Putinismo”

Por Emilio Cárdenas, el 30 noviembre, 2017

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Cuando el colapso del régimen soviético -acaecido hace tres décadas- parece formar parte de la historia, desde Rusia siguen llegando desafíos institucionales a la democracia y a la vigencia de las libertades individuales que constituyen el corazón del liberalismo. Ocurre que Rusia sigue gobernada por una elite que ha estructurado un sistema de gobierno autoritario, muy distinto de los de Occidente: el “putinismo”.

Sus seis elementos centrales están a la vista de todos. Y apuntan más allá de Rusia, al escenario grande, el del mundo. Ellos son: una poderosa máquina militar, que ha sido modernizada y es exhibida con orgullo; una actitud agresiva y hasta intimidatoria con sus vecinos inmediatos; una formidable penetración publicitaria, dentro y fuera de su país; un activo intervencionismo en Medio Oriente y aún más allá de esa región; diversas aventuras en los asuntos internos de otros Estados, incluyendo las de tratar de influenciar solapadamente en los respectivos procesos electorales; y el endoso por parte de algunos líderes autoritarios, en distintos rincones del mundo.

El “putinismo” tiene algunos componentes distintivos. Como régimen es, antes que nada, personalista. Su ideología es fuertemente conservadora, y su forma de gobernar incluye un populismo con frecuencia relativamente moderado.

Por ser personalista es, claramente, una forma de autocracia. El líder sólo responde ante sí mismo. Quienes lo desafían corren el riesgo de ser perseguidos, lo que hoy conlleva hasta la posibilidad de tener que dejar de vivir en el propio país.

Putin no heredó la autocracia que lidera, sino que la construyó. Su estilo de gobierno es centralizado. Con un cuerpo de inspectores federales supervisa a sus gobernadores todo a lo largo y ancho del enorme territorio ruso. El pueblo, por lo demás, no elige a esos gobernadores, sino que ellos son designados por el propio Putin, a la manera de “virreyes”. La concentración de poder en manos del Ejecutivo es fuerte y el Poder Legislativo actúa meramente como “sello de goma” legitimador. De alguna manera, Putin es el único político. Claramente soberano, en sus decisiones. La realidad rusa genera inevitablemente el “culto a la personalidad” del líder, reiterando experiencias del pasado.

Putin defiende el “status quo”, al que identifica con la estabilidad, sacralizándola e identificando al “cambio” como una fuerza desestabilizadora, que genera desconfianza. Entre sus enemigos declarados están el feminismo y la homosexualidad, respecto de los cuales bate el parche permanentemente, atribuyéndoles el carácter de defectos perversos, propios de Occidente. Putin, por lo demás, se siente cómodo con los personajes autoritarios, tales como Donald Trump o Marine Le Pen.

Finalmente, Putin es populista. Por ello enciende el nacionalismo de su pueblo, predicando la pre-eminencia de Rusia en todos los órdenes. Pese a ello, nunca antagoniza con las minorías étnicas, respecto de las cuales predica tolerancia, aunque políticamente luego las ignore.

Ante ese panorama actual, la pregunta es ¿qué vendrá después del “putinismo”? La respuesta es difícil, porque se trata de anticipar en el vacío. Sin Putin, es cierto, no habrá “putinismo”. Esto es, habrá quizás administradores, pero no necesariamente líderes. Es posible que la elite alimentada por Putin pueda mantener el poder. Pero ello no será fácil, por cuanto la existencia de un líder es central en el actual esquema de gobierno. Por esto, en general, la pregunta antes formulada desemboca en la conclusión de que, sin Putin, Rusia arriesgará no sólo la continuidad del “modelo” actual, sino hasta su propia estabilidad. Lo que es intranquilizador.

Ocurre que los rusos no tienen idea de quien vendrá después de Putin. También que algunos agregan a eso una segunda conclusión: esto es, que el propio Putin tampoco lo sabe y que quizás no lo quiera saber. Porque definir un heredero supone el riesgo de debilitar la continuidad, esto es afectar a uno de los pilares del “modelo” personalista con el que Putin conduce a Rusia.

Putin sabe que él es el presente. Por ello no asistió a los eventos que recientemente celebraron el centenario de la revolución bolchevique. Ignoró así el pasado del mismo modo en que parece no estar interesado en de diseñar el futuro. Pero su país tiene sobre sus espaldas mil años de historia profunda, que no han desaparecido y que seguirán pesando cuando Putin ya no tenga en sus manos el timón de Rusia. El autoritarismo asoma, por cierto, con insistente reiteración todo a lo largo de ese milenio.

El “putinismo” es, en síntesis, un sistema político autocrático, controlado por un hombre. En Rusia, esto es evidente. El fenómeno, al menos por ahora no parece haber prendido en China, que posee una burocracia de alta calidad. Pero, cuidado, podría estar comenzando a cautivar al presidente Xi Jinping.

 

 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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