EL DIARIO

Domingo, 19 de Noviembre del 2017

Susan Segal y el Kirchnerismo

Por Emilio Cárdenas, el 24 agosto, 2017

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Susan Segal, una ex funcionaria del Chase Manhattan, encabeza desde hace algunos años ya el llamado “Consejo de las Américas”. Hablamos de un foro de reflexión cuasi-empresario con sede en la ciudad de Nueva York que se ocupa esencialmente de las relaciones entre los EEUU y los países del resto del hemisferio.

La mentada Susan Segal acaba de visitar a la Argentina, una vez más. Es parte de la labor a su cargo. Cristina Fernández de Kirchner, cabe recordar, la llamó -no hace mucho y para alagarla, obviamente- “mi amiga personal”. Ella, instalada a su lado, sonreía feliz para las cámaras. Impertérrita.

Todo a lo largo de la desgraciada “era kirchnerista”, Susan Segal alagó a sus funcionarios y evitó criticar, como correspondía, los graves errores de sus políticas.

“Construyó puentes”, creerán algunos. Pero lo cierto es que legitimó lo que era inlegitimable. “Era su tarea”, señalarán otros. No es cierto.

Su deber era distinto, el de mostrar los caminos y políticas correctos para poder trabajar y construir, juntos, en nuestro hemisferio y esa tarea supone naturalmente la necesidad de señalar los errores, especialmente cuando ellos son graves. Aunque sea complicado y, a veces, hasta difícil de hacer. Sino poco agradable. Susan Segal no lo hizo.

Hoy, como si no hubiera pasado nada, Susan Segal, impávida, vuelve a aparecer en medio de la escena. Ahora pasándole intensamente la mano por el lomo, en Buenos Aires, a los más altos funcionarios de la administración nacional actual: la de Mauricio Macri. Con la sonrisa camaleónica de siempre instalada en su rostro. Verlo da pena. Mucha.

Lo cierto es que probablemente es hora ya de impulsar un recambio en la conducción del “Consejo de las Américas”, lo que luce no sólo como algo realmente oportuno, sino imprescindible.

No se puede servir, haciéndose la distraída, a dos señores contrapuestos, tocando -con pretendida indiferencia- sus respectivas campanas, cuando ellas no son, para nada, compatibles. Ni filosofar con pretensión de que “aquí no ha pasado nada” y de que “nadie se ha dado cuenta” de lo que hicimos. Sus contradicciones y silencios fueron notorios y dolieron. Ayer como hoy, naturalmente. Es más, indignan. Los valores esenciales de la libertad no pueden silenciarse, sin que ello resulte al menos en proyectar un confuso mensaje. Así ha sido.

 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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