EL DIARIO

Domingo, 23 de Julio del 2017

La Inmigración presiona sobre la identidad Italiana

Por Emilio Cárdenas, el 2 julio, 2017

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El periodista italiano Giulio Meotti acaba de publicar una nota que aporta algunos datos interesantes sobre la cuestión de los inmigrantes que llegan a su país, que nos obligan a pensar. Se refiere, esencialmente, a la creciente presión que sufre la sociedad italiana toda a partir de la incesante ola de inmigrantes que continúa abatiéndose sobre Italia.

 

En lo que va del 2017, el número de inmigrantes que llegan a la península italiana aumentó nada menos que un 48% con relación al mismo período del año pasado. En el fin de semana de Pascua solamente, las fuerzas policiales y costeras italianas rescataron del Mar Mediterráneo a unas 8.000 personas que –provenientes del norte de África y de Medio Oriente- pretendían llegar a Italia, para quedarse, ciertamente.

 

Primero, esos inmigrantes provenientes de Medio Oriente y del Continente Negro llegaban a Europa a través de Hungría. Luego lo hicieron vía los Balcanes. Hoy el flujo más importante está ingresando a través de Italia, desde de las costas de Libia, país que vive colapsado desde hace algunos años. Sin autoridades centrales, dividido entre grupos armados, tribus y movimientos terroristas, lo que facilita la labor de las mafias criminales que se enriquecen sirviendo de puente para aquellos que –en busca de un futuro mejor- quieren mudarse al Viejo Continente. Para el mencionada Meotti estamos entonces frente a una verdadera invasión. Pacífica, pero invasión al fin.

 

Veamos tan sólo algunas cifras. El año pasado, más de 176.000 inmigrantes llegaron a Italia. Tres años atrás, esa corriente era de sólo unas 22.000 personas. Todo un cambio, imposible de no ser tenido en cuenta. En los últimos cuatro años, casi 500.000 inmigrantes ingresaron a Italia. Lo antedicho supone que Italia recibió nada menos que el 10% de la emigración hacia Europa. Hoy hay hasta pequeños pueblos italianos donde un 10% de la población está conformado por inmigrantes. Incluyendo pequeños villorios de no más de un par de centenares de habitantes.

 

Para Italia, el consiguiente cambio de identidad es complejo. Porque el crecimiento vegetativo de su pueblo es muy bajo, razón por la cual el número total de habitantes viene cayendo. Si las cosas no cambian, en las próximas cinco décadas Italia perdería unos siete millones de habitantes, lo que supone una disminución de aproximadamente la cuarta parte de su población actual. Un fenómeno con fuerte impacto, en consecuencia.

 

A su vez, en los próximos 30 años, si todo sigue igual, prácticamente la mitad de la población italiana estaría compuesta de inmigrantes, con el consiguiente e inevitable efecto en la rica identidad de la nación italiana. Y en su cultura.

 

La presión de lo que ocurre en este complejo tema sobre las finanzas italianas es inevitablemente grande. Como si ello fuera poco, los servicios de seguridad italianos investigan hoy las distintas conexiones de la mafia y sus organizaciones criminales con la ola inmigratoria.

 

Cabe destacar que apenas el 2,65% de los inmigrantes que llegan a Italia reciben el carácter de asilados o refugiados de conformidad con las pautas de las Naciones Unidas. No todos ellos escapan de la guerra y de los posibles “genocidios”. La enorme mayoría –en rigor- huye de la miseria.

 

Una vez que son registrados, los inmigrantes reciben del Tesoro italiano unos 900 euros por mes, en carácter de estipendio. Italia, además, paga a quienes los alojan otros 900 euros por mes. El costo total para el Estado italiano de cada inmigrante es de unos 2.400 euros mensuales. Como señala bien Meotti: eso es nada menos que el doble del sueldo mensual de un policía, y casi el triple de lo que gana el personal naval y costero que tiene la responsabilidad de rescatar a los inmigrantes de las aguas del Mar Mediterráneo.

 

Se estima que para el año en curso Italia dedicará a la cuestión de los inmigrantes unos 4.200 millones de euros. Una verdadera fortuna. Esta suma –por ejemplo- es sólo un poco menor que la que Italia dedica al plan nacional de construcción de viviendas, en su totalidad.

 

Si bien es cierto que desde la Unión Europea hay mecanismos que procuran paliar la situación de los países más afectados por la inmigración, el tema no pasa solamente por el dinero, sino también por el riesgo de que la identidad de países como Italia haya quedado expuesta a cambios dramáticos en materia cultural, religiosa y social, en general.

 

Por esto el tema es prioritario. Debe ser tratado con objetividad y sin fanatismos. Pero siempre seriamente, apuntando no sólo a socorrer a quienes lo necesitan, sino a asegurar que entre ellos y quienes los reciben exista un mínimo razonable de cohesión e integración social. De lo contrario, tarde o temprano pueden originarse tensiones que, por no haber sido anticipadas a tiempo, generen problemas nada fáciles de resolver.

 

Ocultar la dimensión de lo que sucede no es la respuesta. Para encarrilar debidamente la ola inmigratoria, el primer paso es conocer su verdadera dimensión y composición para, a partir de allí, ocuparse no sólo de los temas y amenazas que afectan a los recién llegados, sino también de aquellos que impactan sobre la nación italiana toda y –muy especialmente- sobre su rica identidad.

 

 

 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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