EL DIARIO

Domingo, 20 de Agosto del 2017

La Venezuela de Nicolás Maduro desprecia siempre los modales

Por Emilio Cárdenas, el 27 marzo, 2017

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Cualquier excusa es buena para que la “diplomacia” venezolana, que obviamente no sabe ni tiene la menor idea de lo que es hacer el ridículo, recurra -furibunda- a los insultos. Como si ella sólo estuviera compuesta por adolescentes, muy poco educados.

Cada vez esto es más así, a la manera de inolvidable cartabón o distintivo. Dejando de lado la atención, el respeto, la tolerancia, la urbanidad y hasta la misma cortesía, que sus funcionarios suponen son meras prácticas burguesas. No indispensables, para nada.

Ahora apunta al secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), el ex canciller uruguayo del ex presidente “Pepe” Mujica, Luis Almagro. La última exponente de ese burdo perfil ha sido Carmen Vázquez, hoy representante permanente de Venezuela ante esa organización regional.

En efecto, ella interrumpió sin autorización alguna, ni haber sido convocada para ello, una conferencia de prensa del mencionado Almagro, en la que estaba acompañado por dos sufridas esposas de dos conocidos dirigentes opositores venezolanos detenidos cínicamente por el gobierno de Nicolás Maduro: las estoicas Lilian Tintori y Patricia de Ceballos. Para leer motu proprio un largo comunicado. En esa misiva, Vázquez acusaba al alto funcionario de la OEA de llevar adelante una “provocadora campaña político-mediática contra el legítimo y constitucional gobierno de Venezuela”. El que encabeza el ínclito Nicolás Maduro.

El ex presidente uruguayo José Mujica, por su parte dijo, en mayo del año pasado, que respeta a Nicolás Maduro, aunque, agregó, “está loco como una cabra”. Parecería que es cierto. La respuesta del ridículo Nicolás Maduro fue, entonces, la de llamar a Luis Almagro: “agente de la CIA” y calificarlo de “traidor”. A lo que agregó la amenaza de “revelar todos sus secretos”, con la que no ha cumplido, pese al largo tiempo ya transcurrido.

Para no ser en modo alguno menos, la actual canciller venezolana, doña Delcy Rodríguez, que probablemente sea la diplomática menos educada del mundo entero, trató entonces en paralelo a Almagro con su habitual descortesía, acusándolo de ser apenas: “escoria imperial”.

Tras la repentina y reciente interrupción, Luis Almagro continuó impertérrito con su conferencia de prensa y señaló, con razón, que del gobierno de Venezuela “lo único que escuchamos es son amenazas e insultos”. Siempre. Ocurre que es lo único que sabe hacer, además de destruir y arruinar países. A lo que agregó que, con la aparición de la poco educada diplomática venezolana, quedaba bien evidente que “los esquemas de persecución que sufren los venezolanos y las venezolanas los siguen a todas partes”. Y es efectivamente así.

Almagro acaba de pedir, como es su derecho y también su obligación, la aplicación de la “Carta Democrática Interamericana” a Venezuela, que institucionalmente ya vive, es obvio, completamente fuera de la democracia. Hablamos del importante documento que fuera en su momento aprobado en Lima, Perú, por la OEA, en septiembre de 2001. En su artículo 20, la mencionada Carta autoriza al Secretario General de la OEA a convocar al Consejo Permanente de la organización para realizar una “apreciación colectiva de la situación” y adoptar, luego de ello, las decisiones que estime conveniente. Lo que supone poner en marcha “gestiones diplomáticas” para realizar lo que en cada caso sea necesario para “promover la normalización de la institucionalidad democrática”. Para poner las cosas en su lugar, en palabras más sencillas.

El fracaso en ese esfuerzo puede llevar a la suspensión de Venezuela como miembro de la OEA. Lo que sería sólo natural y un reconocimiento, de cajón, de que la conducta perversa de los “bolivarianos”, que han deformado impunemente a la democracia de su país hasta hacerla realmente irreconocible, es reprobable y ha puesto a Venezuela fuera y muy lejos por cierto de la gran familia americana.

En rigor, la ha llevado al muy pequeño grupo que ahora Venezuela integra con Cuba, el que se conforma con las tiranías marxistas de la región. A diferencia del Papa Francisco, es evidente que Luis Almagro no cree en la “buena fe” de Nicolás Maduro, que simplemente no existe, y por esta razón aconseja pasar a la acción y comenzar a llamar, al menos en el seno de la propia OEA, a las cosas por su nombre. Tiene razón. Es hora ya de dejar de lado la hipocresía y de alejarse de una posición de silencioso cinismo que ya es realmente una actitud que evidencia complicidad directa con los causantes de la inmensa y profunda tragedia socio-económica que castiga despiadadamente a los venezolanos

 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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