Jueves, 20 de Junio del 2013 Actualizado: 10:32

Los hijos del Dr. King

Por (periodismo@juanraulferreira.com.uy) | Martes, 14 de agosto del 2012

Una española, que además de amiga de la vida lo es de Twitter, me comentó que le gustan las citas que cuelgo del Dr. Martin Luther King y me preguntaba de dónde las saco y por qué. Pobre, creo que esperaba una respuesta de dos o tres líneas y le escribí… mucho. Al terminar la catarsis me di cuenta que había tocado una fibra muy íntima, que me ha marcado más de lo que era consciente. Cómo y por qué el Dr. King, como le llaman sus seguidores en EEUU tocó mi vida, cómo de algún modo único e intransferible tocó la vida de millones de habitantes del planeta.

La gente de mi generación, como yo, habrá sentido más o menos algunos de los acontecimientos que voy a citar, pero seguro que todos recuerdan cómo, dónde y de qué forma siguieron las siguientes noticias: la muerte de Kennedy, la de Luther King, la de Bob Kennedy y la de Juan XXIII. Yo volvía del colegio y mamá me esperaba en la puerta de casa, lo que ya me dio mala espina. Me tomó la mano y me dijo “vamos a rezar.” Luego fue contando qué había pasado y qué significaba.

A los diez años de aquel rezo, el 4 de abril de 1978 estuve en Memphis Tennessee  caminando sobre sus últimos pasos y treinta y pico años más tarde aún, en setiembre del año pasado caminé el recordatorio, prácticamente nuevo que se ha construido en Washington. Un monumento para vivir no para recordar.

Es que en EEUU cuando llegué en medio del desamparo total, me acogieron los hijos del Dr. King. Sus hijos más hijos, sus herederos, quienes se habían formado a su lado y cargaban con el pesado de su herencia. Hace ya unos años escribía sobre King en El Observador Económico: “Moisés no vio la tierra prometida, Gandhi no vio la paz en su tierra, Artigas no vivió la realización del sueño federal, Luther King murió sin ver la igualdad de derechos civiles consagrada en su país. En Uruguay Wilson no vio el triunfo de su causa ni Seregni el de su partido.”

Otros grandes hombres, viven su sueño y dejan los que les suceden la responsabilidad de no dilapidarlo. Mandela, por ejemplo, cuyos 94 años acabamos de celebrar. Pero hay unos cuantos gigantes en la historia, que nos dejan la tarea de realizar el sueño por el que dieron sus vidas. En esa dimensión Luther King fue uno de los grandes vencedores del Siglo XX.

Mi amiga española me hizo, no recordar, sino darme cuenta, cuántos de sus hijos dilectos me abrieron los brazos, me acogieron y me hicieron caminar junto a ellos.

Joe Eldridge, el primero. Pastor Metodista de Konxville Tenessee, hijo de Pastor, su juventud estuvo marcada por sus marchas junto al Dr. King. Hace pocas semanas estuvo en Uruguay porque además de, muerto Diego Achard, mi mejor amigo de una vida, fue un referente fundamental de la lucha de los uruguayos. La Universidad de la República le hizo un homenaje en vida, que son tan importantes como los que reconocen a los que se han ido.

Trabajé con él en la WOLA, hoy una gran Institución, en aquel entonces Joe, Bill Brown y yo. Eramos tres… Por WOLA conocí a Koretta la viuda de King. Y a Rosa Parks la mujer  negra que cuando tuvo que dejar su asiento a un hombre blanco en Alabama, dijo no. Ese no, dio inicio al movimiento de lucha por derechos civiles en EEUU. “la persona libre es aquella que descubre dentro de sí, el poder y la alegría de decir que no” [1]

El congresista Andrew Young había sido su secretario, y fue de los primeros, luego de Edward Koch y Ted Kennedy, que conocí personalmente más allá de contactos con asesores de otros. Luego, justo cuando me fui a vivir un tiempo a Nueva York, Young fue designado Embajador de EEUU en ONU. Se llevó como segundo a Brady Tyson, en cuya casa me alojé recién llegado a Washington y en cuya cocina al tercer desayuno me dijo “fui  miembro del staff del Dr. King.”

Vuelto al Uruguay, he tratado de no olvidar esas raíces. Los chicos tendrían unos diez u once años cuando los llevé a Disney. Estábamos en una escala técnica larga porque nevaba mucho afuera. En las pantallas del aeropuerto pasaron la noticia de la muerta de su viuda y me puse a llorar. Wilson me tomó una mano, Sofía otra, hasta que dijo “quién era papá, por qué era tan buena”. Toda la escala se fue en esa charla. No sé si queriendo explicarles o desahogándome.

Cuando años más tarde murió Rosa Parks, Joe Eldridge me escribió desde American University donde a la sazón hoy es el capellán. Y me pide “escribe sobre ella mi amigo… le dijo que no al hombre blanco, le dijo no al chofer del ómnibus, le dicho no a la policía… sabés porque Juan, porque no escuchó sus voces, sino la voz de Dios”.

Otra Rosa luchó en Uruguay, sí Rosa Luna, cuya foto con una dedicatoria de “la negra más blanca del mundo” [2]  teníamos el privilegio de tener en la mesa de luz, por un lado mi padre y por otro yo cuando estuvimos presos.

Hace algunos días, la república cumplió con la recomendación de ONU de conmemorar el Día Internacional Nelson Mandela; fui designado orador en los actos centrales celebrados en  Maldonado. Me pareció que el mejor homenaje a King era no nombrarlo. Recoger el guante de su legado y hablar sólo de otro gigante, que ese sí pude conocer, Nelson “Madiba”, a quien conocí preso y pude saludar Presidente.



[1] Proclama por el NO de 1980 Wilson Ferreira Aldunate desde Barcelona. Los jóvenes en las manifestaciones en Montevideo coreaban luego “el poder y la alegría de decir que no.”

[2] Blanca: seguidora de las tradiciones de Oribe, los federales y Wilson.

 

 


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