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La guerra del ser humano contra la Naturaleza

Por (jlo@eldiario.com.uy) | Viernes, 8 de junio del 2012

Una obra de destrucción ilimitada

La guerra del ser humano contra la naturaleza,  tiene lugar en muchos frentes y hace mucho tiempo que se ha convertido en una lucha a muerte. Nada documenta esto de forma más dramática que la galopante extinción de especies.

Las consecuencias ecológicas de la destrucción global de los bosques serán a juicio de muchos científicos, asoladoras: el norte de Europa se transformará en estepa y aridecerá, las montañas se deslizarán hacia los valles, que serán inundados por crecidas; a nivel mundial se producirá un recalentamiento preñado de catástrofes, cuando el contenido de anhídrido carbónico de la atmósfera continué aumentando a consecuencia de la liberación del carbono almacenado en la biomasa de los bosques.

Sin embargo ésta no es la única intervención del ser humano en el clima de nuestro planeta. El agujero de ozono sobre el Antártico es desde hace tiempo dos veces tan grande como Europa y nadie sabe cómo evitar que siga abriéndose este escudo protector. También esto es obra humana, originada por el gas propulsor de millones de aerosoles y el óxido nitroso de los abonos artificiales que se utilizan a nivel mundial. A la contaminación de la tierra, de las aguas y del aire mediante miles de productos químicos, se añade la carga radiactiva causada por numerosas catástrofes en reactores e instalaciones nucleares.

En resumidas cuentas la obra destructora del ser humano es desde hace tiempo ilimitada. Aunque no queramos verlo ni reconocerlo, la biosfera de nuestra Tierra está agonizando. La victoria sobre la naturaleza es global y amenaza ahora también con devorar al vencedor. La historia de la naturaleza enseña que una especie que perturba el equilibrio ecológico, es eliminada. Ninguna especie ha conseguido perder la estima tan rápida y persistentemente como la nuestra en este planeta.

El 10 de Noviembre de 1996 se produjo un suceso memorable: el Creador del Universo se manifestó a través de su profetisa para el tiempo actual. Comenzó con estas palabras: “YO SOY el Dios de Abrahán, de Isaac y Jacob”; y transmitió un mensaje que atravesó el corazón de los que Le escuchaban. El Creador se hizo a sí mismo “acusador por esta Tierra, por la criatura inocente, por todas las formas de vida, por los animales, plantas y minerales”.

El ser humano no alcanza a captar del todo las dimensiones de este suceso: Dios toma partido por Su Creación, a través de boca profética, acusando la falta de piedad con que los seres humanos maltratan a las demás criaturas.

“¿Qué hacéis con los animales?… Mirad en los establos, cómo han de vivir mirad en los vagones de viajes. Horas y más horas, los animales son transportados de un lugar a otro. Pasan hambre, sufren, perecen, mirad dentro de vuestros mataderos. ¡Disparo! ¡Descarga eléctrica! ¡Muerte! El cuerpo cortado con cuchillos y objetos afilados. Un animalito tras otro, y los que aún están en pie tienen que ver cómo sus congéneres son degollados. Miedo de lo de lo que les espera: gritan, gimen, se quejan y claman a Dios, que YO SOY, a su creador, pidiendo redención”.

“¿Cómo queréis volveros hijos de Dios?La Tierra clama al Creador, pidiendo misericordia, libertad. ¿Qué hacéis vosotros?, colocáis explosivos en el interior de la tierra. Explosivos en los mares. Mirad más en lo que ocurre: a los que se les corta la cabeza, se les arrancan los miembros, los pulmones revientan, el corazón se descuartiza, todo el cuerpo es descuartizado en pedazos enteros”.


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