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Se puede

Por (eba@eldiario.com.uy) | Martes, 17 de abril del 2012

Este columnista político, después de haber seguido atentamente los acontecimientos de la última semana, tenía “in mente” más de diez temas a propósito de los cuales escribir hoy. Todos son importantes, muchos vinculados con asuntos absolutamente críticos y algunos que generan muy serias preocupaciones.

Insólitamente, se me ha de perdonar si dedico este espacio a lo que -en principio- podría ser interpretado como absolutamente ajeno a mi costumbre y apartado de las cuestiones que suelo tratar.

Es que, encarnado en la persona de un músico genial, excelente cantante, instrumentista virtuoso, prolífico compositor y gran “showman”, pasó por la ciudad de Montevideo, este fin de semana, un “huracán” que en vez de destrozar las cosas, en su marcha, sembró calidez, simpatía, originalidad, emociones, nostalgia y novedad, llenando de gozo el corazón de las cincuenta mil personas que lo vieron y escucharon en directo y otras tantas que pudieron apreciarlo a través de tres pantallas gigantes.

Paul McCartney no es sólo todo lo que dije -que ya es mucho, casi demasiado, reunido en una misma persona- sino también un personaje ilustre que goza de fama superlativa. Un individuo que, junto con otros tres muchachos de su generación -la que hoy ronda las siete décadas- generó una revolución en costumbres, gustos, hábitos, modas e influyó en la segunda mitad de siglo XX más que cuanto pudieron haberlo hecho estadistas, políticos, gobernantes y científicos en el mundo entero. Espero se sepa interpretar esto no como un gesto de irreverencia a quienes merecen el mismo respeto y reconocimiento, sino como la mera expresión de un hecho que nadie puede negar.

Puesto que lo mío no es la crítica musical, por suerte para ustedes, amigos lectores, no me propongo hacer una crónica del espectáculo que se brindó en nuestro Estadio Centenario por la noche del domingo. Solamente quiero expresar que el concierto satisfizo plenamente todos mis sentidos e impresionó por su perfecta ejecución; no sólo en lo artístico, sonoro y visual, sino por una organización que no justifica el menor reproche.

No puedo negar que me acosaba un cierto temor en lo previo. Algunos antecedentes como el tan recordado como desgraciado caso de la actuación de Luciano Pavarotti, nos había dejado a todos el amargo sabor de un episodio donde el fracaso de la organización nos había puesto muy negativamente en la mira del mundo y generado un profundo malestar por las múltiples fallas producidas en la ocasión. El tenor se fue fastidiado con el Uruguay y su público. Los espectadores con el cantante y la organización. Y para nuestro país, quedó un gran descrédito.

Aunque ahora se sabe que la llegada de McCartney  fue el fruto del esfuerzo de muchos meses de negociaciones, no podemos negar que la confirmación se consiguió hace muy poco tiempo, teniendo en cuenta todo lo que había que preparar, gestionar, ajustar, aprobar y ejecutar para que el espectáculo se desarrollara con normalidad.

Sin embargo, la seguridad estuvo garantizada para todos; la comodidad y diseño del ingreso y egreso del público estuvieron bien dispuestos; la salud protegida por una organización correcta y la conformidad con la calidad visual y sonora fue el resultado de todo ello.

Cuando los operadores privados actúan en armonía con las autoridades públicas, los objetivos comunes son bien definidos y existe verdadera voluntad de hacer las cosas del mejor modo posible, todo es viable. Hasta en el Uruguay, este país que en tantos aspectos nos tiene acostumbrados al conformismo, donde prevalece la ley del mínimo esfuerzo, en el que la mediocridad y las trabas burocráticas se nos interponen (con esa resignación al “no se puede” que nos invade aún antes de tan siquiera intentarlo), la calidad y la celeridad pueden ir de la mano, según allí quedó demostrado.

Por contraposición, nuestra Intendencia, auspiciante de un espectáculo de payasos que se llevó a cabo en la Plaza Líber Seregni el mismo fin de semana, nos dio un ejemplo de lo que no se debe ni puede hacer. Un grupo de presuntos artistas que se expresó con palabras que desagradaron a parte del público, completó la faena con la completa desnudez en escena de uno de ellos.

Más allá de todo valor artístico que pudiera tener una representación que no puedo juzgar por no haber estado presente, es de señalar  la  sensación de molestia e incomodidad que expresaron muchos padres que asistieron con sus niños.

De allí en más, todo lo que siguió fue un escándalo, según relata la prensa, habiendo generado repercusiones políticas que me obligan a preguntarme si payasos sólo había en el escenario.

Un espacio público, con entrada gratuita y convocatoria a los niños, fue concedido para presentar un espectáculo del cual el propio Alcalde de la zona aseguró no conocer el contenido en lo previo. ¿Parece razonable?

Cuando se quiere, se puede hacer las cosas bien. Y así ocurrió en la noche del domingo en el Estadio Centenario.

Cuando la desidia, la improvisación y el desconocimiento privan, el resultado es el que se produjo en la plaza pública el sábado a las cuatro de la tarde.

Hay motivos para reflexionar, me imagino.


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