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Empleado Público, ¿Es Mala Palabra?

Por (zanocchi@eldiario.com.uy) | Martes, 13 de septiembre del 2011

Tuve un pequeño problema en una oficina de Antel el otro día. Varias idas y vueltas que no vale la pena detallar terminaron en una acalorada discusión con una recepcionista.

A las 7:05 pm se negó a brindarme una solución ya que estábamos fuera de su horario de trabajo. Tal vez llevado por el enojo de la situación me animé y le dije “Empleada pública”. Palabras mágicas que dieron comienzo a un intercambio verbal que terminó con la señora corriéndome del lugar, llamando desesperada al personal de seguridad para que me saque de ahí.

La intervención no fue necesaria, la decidida caminata y el tono de voz fuerte de la corpulenta trabajadora hicieron que salga de ahí caminando rapidito, intentando evitar un enfrentamiento más violento.

Entre otras cosas, me dijo que ella no era empleada pública, y sacándose lustre comentó: “Son las siete y cinco y todavía estoy trabajando”, como si mantenerse en el trabajo por cinco minutos extras fuera un acto heroico, digno de un empleado del mes.

Tras la persecución, una vez que estaba afuera, me gritó vengativa: “¡Empleado público sos vos!”.

Impresionado ante sus palabras sin sentido, no hice más que morderme el labio inferior, juntando las falanges de mis dedos y agitando el brazo, le hice ver la enorme pavada que me estaba diciendo.

Definitivamente fue suficiente madera como para escribir esta columna. Y especialmente para responder a la pregunta que hago en el título. Ser empleado público definitivamente se ha convertido en una mala palabra.

No sólo por lo que me demostró la señora de Antel (visiblemente ofendida ante lo dicho), sino por lo que uno puede ver en cualquier ámbito laboral, el “parecen empleados públicos”, o “como si fuera un empleado público”, se ha hecho un adjetivo negativo más que famoso.

Si ves a tu compañero de trabajo haciendo cebo el día entero, una de las cosas que vas a decir al referirte a él es “parece un empleado público”.

En todas las oficinas públicas no hay un alma que no critique el funcionamiento y las horas que se han tenido que comer ahí adentro.

Esto no es un invento, pero tampoco es algo que puedo comprobar con estadísticas que midan satisfacción del cliente en todas las empresas públicas, entes autónomos y oficinas del Estado. Tengo una percepción bastante clara que los niveles no serían altos.

Por algo existe el sketch aquel de Gasalla, La Empleada Pública, un reflejo bien divertido, tal vez un poco exagerado, de la realidad:

Idealmente, ser empleado público debería ser un trabajo honrado, en algunos casos hasta heroico, una actividad cargada de un enorme incentivo por hacerle bien a la comunidad.

El trabajo en cualquier oficina pública es el lugar en donde el desempeño del staff puede marcar la diferencia entre un país de segunda y un país de primera. Estoy convencido que si tuviéramos un cien por ciento de empleados públicos seriamente comprometidos con tener un país de primera, lo tendríamos.

Imagínense esa fuerza, más de un cuarto de millón de personas buscando día a día que nuestro porvenir sea el mejor. Algo bueno tiene que salir de eso.

Y en realidad lo que tenemos es lo contrario, el cuarto de millón, protegido con leyes de antaño no lleva consigo el fuerte compromiso de convertirnos, en que seamos un país de primera. Muchos, no sabemos cuántos hacen cebo.

Sí, habrá unos cuantos empleados públicos que están dedicados a lograr un Uruguay mejor. Lamentablemente en esto se da lo contrario que con los de la Armada en Haití, a los que Mujica hacía referencia hace poco, diciendo que unos pocos embarraron el buen trabajo de muchos. Con los empleados públicos es al revés, son muchos los que embarran el trabajo de esos pocos.

Twitter: @zanocchi


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