EL DIARIO

Martes, 11 de Agosto del 2020

Desde El Gran Cañon

Por Polly Ferman, el 12 septiembre, 2011

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Una de las maravillosas oportunidades que me ha dado la música, en mis revoloteos internacionales, es la oportunidad de llegar, con gastos pagos, a parajes únicos, como lo es el Gran Cañón del Colorado, en Arizona.

Llegamos a la noche y nos alojaron en una residencia dentro del Parque Nacional,  donde viven en forma temporaria, quienes estudian para guardabosques, o sea para quienes cuidaran de este  paraíso, totalmente diferente al preconcebido.

Me dolía mucho la cabeza debido a la altitud y mis ojos ardían  por la sequedad ambiental. Fue difícil dormir.

Al día siguiente desperté en medio de un bosque de pinos, donde los sonidos de la naturaleza hacían una larga siesta.

Alces pasaron por mi puerta y me sentí protagonista de un film en el que fui transportada de una bulliciosa y colorida Nueva York a un mundo donde la naturaleza estaba en su estado más puro, casi quieta.

Luego de visitar el templo donde tocaríamos, al que habían llevado un piano Steinway de cola entera, tomamos un bus gratuito que nos fue llevando por el borde del cañón, con paradas cada 10 minutos, con distintas vistas y diferentes senderos de bajada. Claro, después había que hacer el cuesta arriba…

El espectáculo quitaba el aliento por la magnificencia de las formaciones,  los colores de las mesetas estratificadas y el paso del tiempo que marcó la roca, sin dejar arrugas. A medida que el sol se iba poniendo, los colores y las sensaciones cambiaban. Los pasajeros subían y bajaban en los distintos puntos de interés, gente de todas las edades, todos los tamaños, con sus “polos” con picos en las puntas, los que los ayudaría  a clavarse en la tierra en el ascenso o descenso por los caminos de cornisa.

Al saber experiencia tan ajena a mi vida cotidiana, creí  que los que harían este “turismo aventura” tenían que ser o muy jóvenes o muy temerarios. Sin embargo, conocí una señora muy amable, maestra, de unos cincuenta y tantos, que me comentó que todos los meses baja hasta la garganta del cañón. El descenso de unos 1600 metros, le lleva unas 3 horas. El ascenso, cerca de 6.  Me comentó que abajo en el cañón, hay un hotel, restaurante, cabañas y hasta un espacio donde se alojan  los trabajadores, con la particularidad de  que cuando no están, pueden los visitantes quedarse por 5 dólares la noche. . Esto incluye  televisión, baños completos y señal de Internet.

Como casi me quede sin aliento de sólo pensar en lo que significaba la subida, le pregunté como le resultaba, a lo que me comentó que para ella, era como dar a luz: mientras se puja, se piensa: “nunca más”, pero que al llegar a la cima, se piensa, “quiero pronto hacerlo de nuevo”.

Clare Hoffmann– es la creadora del Festival de Música del Gran Cañón y la responsable de mi visita y actuaciones en Arizona. Hace 29 años, llegó a esta zona, con su recién marido, como jóvenes amantes de la naturaleza, con el propósito de caminar los senderos mágicos del Gran Cañón.

Músicos como profesión, decidieron crear un festival de música, en un lugar donde  la población fija es muy pequeña, consistente en gente que trabaja en los parques nacionales o aquellos que atienden al turismo, el que generalmente llega por sólo un día.

Es así, como desde hace 28 temporadas anuales, el Grand Canyon Music Festival, acerca  músicos de fama internacional, a este privilegiado rincón del mundo con pocas opciones de acceso cultural. Lo que más me sorprendió fue lo que sucedió después de los conciertos: fuimos invitados a casas de habitantes de la zona, gente modesta, trabajadora, que quiso colaborar con el proyecto que trae a su pueblo gente de la cultura internacional.

Es entonces que ofrecen una reunión post- concierto, en la que generosamente abren su casa, cocinan manjares de los que se sienten orgullosos, pero con una singularidad de que los  dueños de casa, quedan en la cocina, atendiendo o la cocción o el desarrollo de la cena, sin intervenir socialmente.

Lo hacen desde el amor y no porque hayan pensamientos premeditados con respecto a que podré conseguir a cambio de….

Una enternecedora lección de vida.

Como si esto fuera poco,  Clare ha creado un programa, apoyada por recursos de auspicios,  para traer compositores reconocidos a trabajar en intercambio con músicos de las reservas  de los indios Navajos y Hopi. Al final del trabajo, las obras son presentadas por los músicos  nativo- americanos en el Festival.

Clare es flautista y se gana la vida con su instrumento. Sin embargo, piensa y produce en beneficio de quienes no tienen el privilegio de poder acercarse a los grandes centros de enseñanza en este país, en el que las distancias son tan inmensamente grandes.

 

Foto: Jack Mitchell

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