EL DIARIO

Martes, 11 de Agosto del 2020

La Responsabilidad De Convivir En Libertad

Por Alberto Scavarelli, el 8 septiembre, 2011

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Ha hecho eclosión por este tiempo, la creciente dificultad que deriva de la convivencia social y el uso de los espacios compartidos.

Queda de manifiesto que convivir en libertad requiere para ser efectivamente libre y sostenida, de altas dosis de responsabilidad practicada.

La necesidad de responsabilidad, parece ser cada día más y en todas partes,  directamente proporcional a la libertad. Ese compromiso con la responsabilidad, debemos aceptar de una vez por todas, que  es la resultante de la formación personal, desde la educación para la vida que una persona recibe a lo largo de su existencia.

Solo los libres deben ser responsables, quien no tiene libertad, solo actúa por sometimiento, porque el sometimiento es el propósito de toda tiranía.

La educación y la cultura en su expresión más amplia, son los más eficaces  instrumentos para el desarrollo de la sensibilidad humana,  para aprender a superar el conflicto, para encontrar y construir los caminos para el dialogo ante la dificultad o el desencuentro, para aprender y asumir  responsabilidades ante la vida y las consecuencias de nuestros actos, más allá del “yaismo” asumido como bandera de vida.-

Esa predisposición para la acción son las actitudes, conductas que se acuñan desde la razón y el sentimiento, desde la educación y  la cultura que moldean nuestra forma de actuar.

No hay libertad posible sin respeto a la diversidad  de opiniones y estilos, que caracteriza la vida humana. Esa capacidad de tolerar y de convivir con los demás, de acordar desde el disenso entre la pasión y la razón, se aprende desde la cuna y a lo largo de toda la vida. Lo aprendemos de nuestros mayores, de nuestros amigos, de nuestros vecinos, de nuestros maestros, pero también se ve fuertemente influenciada por los mensajes explícitos e implícitos de los referentes sociales, de los medios, de las redes sociales y las mil formas de comunicación de ideas, que nos condicionan a diario más allá de nuestras pertenencias.

El desafío  está más allá del  mensaje, sino en la necesaria formación del receptor, para que tenga la capacidad de discernir su contenido.

Todo lo que se invierta en tiempo y recursos bien administrados y evaluados en esta materia, siempre será poco. Por definición será una tarea inacabada, pero todo lo que se monitoree y evalúe permanentemente en sus resultados para rectificar o profundizar el rumbo, siempre será esencial.

El gobierno en un estado democrático de derecho, tiene el superior deber de  ser garante, facilitador y nivelador a punto de partida, para que cada uno procure construir del mejor modo, su proyecto de vida y su espacio de felicidad propia, desde el compromiso y la responsabilidad personal y social. Establecer un prototipo de felicidad personal, es un terreno vedado absolutamente para cualquier gobierno en todo tiempo y circunstancia.

No es admisible que un proyecto político,  tenga el propósito de construir un “hombre nuevo.” Ese no puede ser un rol para desarrollar desde el estado. Cada vez que alguien se lo  propuso, el intento terminó en tiranía o despotismo. Para la construcción personal están otros espacios: los familiares, los confesionales, los sociales, las ofertas educativas múltiples y plurales, pero no las acciones de gobierno.  Dicho de otro modo, no es lo mismo adjudicar una vivienda, que imponer oficialmente una forma oficial de vivir bajo ese techo.

La convivencia es inevitable, queda claro que convivir  en lo social o en la intimidad, en lo laboral,  en lo educativo, en escenarios reservados o públicos, requiere respetar los espacios del otro, exigir el respeto de nuestros espacios, resignar y exigir, construir proyectos compartidos y asumir el éxito y el fracaso, el drama de la pérdida y la euforia del logro y la llegada. Todo esto requiere formación, desarrollo de la sensibilidad cultural  y educación en la actitud, como predisposición para la acción. Quizás, la clave de la convivencia social, una vez más esté, en lograr tener acuñados los modos de resolver conflictos interpersonales, con las mayores dosis de tolerancia que sea posible.

Los medios de socialización y trasmisión de pautas son múltiples, así el cine en la India o los teleteatros en Brasil, cumplen un rol explícito de aculturación y formación masiva. Si se acuña un modo de reacción violenta desde la imagen, como respuesta a determinados avatares de la vida, las chances de que se actúe en forma similar, si la vida pone a alguien en similar encrucijada, son enormes. Del mismo modo si se trasmiten pautas de tolerancia, las chances de evitar errores, serán mucho mayores.

En este tiempo de mucha gente intercomunicada pero sola, de ansiedades teñidas de depresión -que no es tristeza- solo la solidaridad social, entendida desde la formación en valores simples pero efectivos, es la clave.

Un maestro de la vida, aquel formidable profesor que fue Tarigo, un hombre que hizo del cuidado del procedimiento su pasión y razón de ser, una vez me dijo con la simplicidad de lo trascendente: “Se trata de tener valores y principios sólidos. No es posible tenerlos todos en ejercicio siempre, pero debe haber un puñado de ellos que sean de permanente pertenencia”

Esos valores se trasmiten, se inculcan, porque no son congénitos. Los instrumentos son múltiples: la cultura y la educación desde todos sus ángulos y perspectivas,  proyectados desde  la academia o el espectáculo, desde el aula escolar, a la mesa del hogar o del boliche, desde las redes sociales, al mensaje de texto,  todo le hace al fin de aprender a vivir  la vida.

Se trata de la experiencia maravillosa de vivir.  Sin embargo, viendo algunos índices recientes, para muchos más de lo que resulta tolerable, vivir su vida  les resulta un agobio insostenible, hasta el punto de renunciar a ella.  Las patologías de la normalidad a las que bien refiere Fromm, tienen el enorme riesgo de hacernos perder por su habitualidad, la magnitud del drama o la esencia crítica de la patología que encierran.

En definitiva, esta reflexión solamente apunta a expresar una vez más nuestra convicción, de que sólo la educación, la cultura y la sostenida prosecución del objetivo de enseñar pautas para vivir y convivir, son las herramientas probadas para tolerar y respetar, para  saber cómo exigir ser respetado y tolerado, para conocer el camino de salida del conflicto interpersonal y del íntimo y complejo conflicto consigo mismo.

La convivencia ha sido un desafío humano permanente que hoy se torna en exigencia, desde la fragilizada responsabilidad de vivir, que hay veces que pareciera que se olvida, que su  vigencia es una responsabilidad siempre compartida.

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