EL DIARIO

Domingo, 5 de Julio del 2020

Brasil: Un Dilema Para Estadistas

Por Ricardo J. Lombardo, el 17 agosto, 2011

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El 20 de julio pasado, el Directorio del Fondo Monetario Internacional efectuó una de sus evaluaciones anuales sobre la marcha de la economía brasileña. El resultado fue “felicitar a las autoridades por el saludable manejo macroeconómico y sólida estructura política, que incrementaron la resistencia de Brasil a los shocks externos, estimularon el crecimiento económico y promovieron mayor equidad social”.

El análisis tanto del staff como del board, encomió la forma en que el país aprovechó la coyuntura internacional favorable de fuerte incremento en los precios de las materias primas, y a la vez el diferencial en las tasas de interés reales que desencadenó un extraordinario crecimiento en el ingreso de capitales. Según la evaluación del Fondo, un adecuado mix de las políticas de corto plazo, esto es la monetaria y fiscal, provocó una apreciación del real , y facilitó un marcado aumento del PBI, en la ocupación, en las reservas internacionales, y transformó a la economía brasileña en una de las líderes mundiales.

Cualquier gobierno que hubiera recibido semejante conclusión de una organización tan exigente como el FMI, habría abierto varias botellas de champagne. Pero quizás a las autoridades brasileñas no les haya dado ni para una caipiriña. Porque enseguida de la euforia, les debe haber asaltado la duda de si semejante éxito, como diría Polibio, no engendra el germen de su propia destrucción.

La pérdida de competitividad

La crisis norteamericana del 2008 desencadenó un reacomodamiento en los flujos internacionales. La caída del dólar y las tasas de interés de los bonos norteamericanos, procuraron que el fuerte déficit comercial de Estados Unidos se tornara positivo y, como contrapartida, las corrientes de capitales emigraran hacia otros lados buscando mejores rentabilidades. Economías como la brasileña, que estaban ordenadas y con potencial de crecimiento, se transformaron en los destinos ideales. Nuestro vecino del norte hizo bien los deberes y así le fue.

Para adaptarse a esa nueva realidad mundial, Brasil tuvo que compensar ese alud de capitales apreciando su moneda y con ello alentando fuertemente el consumo interno, mejorando el nivel de vida de su población, al tiempo que desalentaba la competitividad de sus exportaciones. El saldo favorable de la cuenta capital tenía como contrapartida un resultado desfavorable en la cuenta corriente.

Esa situación pareció adecuada para aprovechar esos fondos disponibles a nivel mundial y utilizarlos en inversiones en infraestructura tan necesarios para el desarrollo, y a la vez posibilitar un fuerte crecimiento en la calidad de vida de amplios sectores de la población brasileña que estaban postergados. Aunque los rubros de exportación perdieran competitividad, la podrían recuperar rápidamente cuando la economía norteamericana se normalizara y las tasas de interés volvieran a sus niveles habituales. Parecía en principio un escenario temporal, y bien valía la pena aprovechar la oportunidad. Tres o cuatro años de flujos adversos en la cuenta corriente no harían gran mella. Además, el mercado interno tiene aún mucho para crecer.

Sin embargo, la economía norteamericana no ha evolucionado lo suficiente, y acaba de ocurrir lo inesperado. El Banco de la Reserva Federal de Estado Unidos anunció recientemente que debido a la lentitud prevista de la recuperación, su política de tasas de interés cercanas a cero perdurará hasta mediados de 2013. Así que a Brasil ahora se le presenta el gran dilema de si seguir siendo el buen alumno y recibir las felicitaciones de la maestra, o empezar a portarse mal. Un dilema que es más para estadistas que para economistas.

Opciones y riesgos

Si Brasil siguiera por este camino, continuaría recibiendo capitales, desarrollando el mercado interno y perdiendo competitividad en sus exportaciones. Demasiado tiempo en esta senda, le significa el riesgo de que un buen día cambien las condiciones internacionales y se encuentre que despilfarró la bonanza y no tiene capacidad de reacción porque su aparato productivo o sus mercados externos los tiene perdidos. Algo parecido a lo que le ocurrió a Estados Unidos cuando entró en crisis. Con la diferencia de que si en ese momento depreciara el real abruptamente, no provocaría el impacto que generó la principal potencia con su dólar.

Podría empezar a portarse mal como China. Desde 2008 y hasta junio 2010, los asiáticos se resistieron estoicamente a revaluar su yuan frente al dólar. En realidad lo tuvieron pegado. Buscaron por todos los medios no perder competitividad, aún a riesgo de desencadenar fuertes presiones inflacionarias, y sin preocuparse demasiado del potencial de crecimiento interno y de la mejora en el nivel de vida de un altísimo número de sus compatriotas (en realidad cientos de millones de ellos). Buena parte del formidable desarrollo chino de las últimas dos décadas ha radicado en sus exportaciones. A partir de junio de 2010, no tuvieron más remedio que ceder, pero lo hicieron a un ritmo mucho más lento que el reclamado por los socios comerciales.

Es cierto que las dos realidades políticas son diferentes. Mientras Brasil es una democracia plena donde funcionan las demandas sociales y tienen voz las organizaciones gremiales, en China existe un régimen autoritario, donde no hay libertades y no están autorizados los sindicatos, así que es más fácil imponer políticas económicas que posterguen el potencial crecimiento en el nivel de vida de la gente, manteniendo relativamente bajas las remuneraciones del grueso de la mano de obra con tal de generar excedentes financieros a través de la balanza comercial.

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Por todo eso, se trata de un dilema para estadistas, más que para técnicos. Brasil deberá plantearse muy seriamente si quiere seguir siendo felicitado por adaptarse a las condiciones económicas prevalentes con un horizonte de corto plazo, o empieza a pensar en el mediano y en largo plazo. Si es así, no podrá seguir manteniendo este mix de políticas tan encomiado por el Fondo. Deberá comenzar a revertir lentamente la apreciación de su moneda para permitir un desarrollo armónico. Tiene armas para seguir contemplando una mejora en sus condiciones sociales, pero a la vez no perder competitividad en el futuro.

Lo que haga Brasil es fundamental para nosotros, los uruguayos. Aunque no podemos sentarnos a esperar. En nuestro caso, no deberíamos tener dudas, porque no tenemos mercado interno y el único destino comercial hacia el futuro está afuera.

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