EL DIARIO

Domingo, 5 de Julio del 2020

Las Picardías De Mujica y Los Valores Nacionales

Por Manuel Flores Silva, el 16 agosto, 2011

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La sociedad uruguaya fue sobre todo una sociedad de valores desde siempre. No tuvimos en el origen, por ejemplo, las manos ensangrentadas con la ejecución de los prisioneros en las batallas, a diferencia, sin ir más lejos, de la Argentina. Desde la batalla de Las Piedras en más el perdón fue la regla, la venganza la excepción.

Esa sociedad de valores se hizo más fuerte con el desarrollo pleno de las instituciones republicanas cuando se construyó el país del éxito. La nación se la debemos a Artigas, el Estado oriental a Rivera y la república a Batlle y Ordóñez.

El país del éxito, el país republicano de comienzos del siglo XX, organizó la transmisión de valores. Así, la libertad como seña de identidad de la uruguayidad. La igualdad entre los ciudadanos cualquiera fuera su patrimonio, origen, sexo o raza. El respeto a la ley y a las normas sociales e institucionales que garantizaban los derechos de todos. La responsabilidad hacia la sociedad, el sentido del deber, la solidaridad, la honestidad. El trabajo valor y mecanismo de construcción de destinos. El respeto por la opinión del otro y de las minorías, la tolerancia con el prójimo, el control ciudadano respecto del poder, etc.

Quisiera detenerme en cada uno de estos puntos pero voy a hacerlo solo en uno. La honestidad como valor, por ejemplo, de la dirigencia política soportó intacta -debido a lo inserto que estaba ese valor en la cultura política- la receta económica que más estímulos tuvo para la corrupción en el Continente, cual fue el sistema de sustitución de importaciones, década de los ’50. Éste fijaba -casi empresa por empresa- el valor del dólar, de los aranceles, de los cupos de exportación y de importación, de los reintegros. Toda la vida empresaria estaba regulada por disposiciones administrativas del Estado, es decir, por la mano del administrador. La cultura política de honestidad uruguaya resistió cualquier tentación de ser entonces violada. Después ya no fue así.

El Uruguay hoy, sin embargo, es un país de fracaso en términos de valores. Para empezar, el ideal de la mayoría de sus jóvenes es ser “narcotraficantes” –visto lo que son los que más ganan entre los comercios del barrio- explicó a una Comisión del Senado el Ministro Bonomi hace unas semanas, con fuente estadística de estudiantes de secundaria según el subsecretario, relativizándose el dato luego, por otras autoridades oficiales, que sostuvieron que esa inclinación era 10 veces mayor en los barrios carenciados que en los otros.

Quiénes construyen valores

La transmisión de valores en el seno de la sociedad se catapultó siempre desde diferentes bases: el hogar, las aulas, la cultura, el discurso de política, los medios de comunicación.

1.- La desintegración de la familia tradicional recortó el peso de la transmisión de valores desde el hogar. Los hogares monoparentales en que él/la jefe/a de familia trabaja, el aumento de la tasa de divorcios, o simplemente el no constituir hogar, siquiera, el aumento de la velocidad de los tiempos históricos que distancia las realidades entre generaciones, todo ello y otros factores han erosionado la capacidad de transferencia de valores desde el hogar. Incluso, por otros motivos, la familia tradicional que aún pervive tampoco suele traspasar valores. La familia no es más que parte de la sociedad y, si en ella -en su educación y en su cultura- no existen valores, mal los puede trasmitir la familia.

2.- La educación también ha debilitado en mucho su capacidad de propagar valores. Para empezar tres cuartas partes de los alumnos que ingresan al liceo no lo terminan, con el consiguiente acumulado de frustración social. Las mediciones de calidad de la enseñanza que se realizan con estándares internacionales arrojan que la educación uruguaya es mala en sus niveles primario y secundario. Un muchacho que termina liceo sabe hoy lo que sabía un muchacho que terminaba la primaria hace 50 años. Y el discurso pedagógico no es tampoco valórico.

Pero sobre todo, las corrientes pedagógicas dominantes en el país desde 1960, antiliberales, no ven a la educación como un área de transferencia de valores. Hace 50 años que el sistema educativo reproduce una visión antiliberal de la identidad nacional y esa visión es por definición anti-valórica.

3.- Hemos entrado ya al otro ámbito de transmisión de valores cual es la cultura. El Uruguay vive hace 50 años en la peor capacidad de generación cultural de su historia. El modelo anti liberal y anti republicano tiene algunas explicaciones sencillas, vulgares y erróneas para interpretar al mundo. Explicaciones que determinan que el uruguayo en general no entienda que pasa en el planeta Tierra. Eso, en sí mismo, es la negación de la uruguayidad. Porque el cosmopolitismo, el conocimiento comparado, derivado de nuestra condición de inmigrantes, la universalidad eran, todos ellos, la misma identidad de la uruguayidad. Desde su capacidad valórica los uruguayos tenían por agenda los temas del mundo.

Pero qué dice el discurso cultural hegemónico. Básicamente que hay negros y blancos y no hay grises. Que hay buenos, totalmente buenos, y malos, totalmente malos. Que los buenos, como Mesías, vienen a transformar el mundo, si vencen a los malos. En realidad tiene que haber malos para poder definir a los buenos. Es decir, dicotomías para subnormales y mesianismo de quinta categoría. Eso explica toda desgracia. Los demás tienen la culpa de todo. Al principio España y luego los Estados Unidos de América en particular, las elites nacionales, el jefe de la oficina, los otros partidos, cualquier forma de “los demás”, tienen la culpa de todo.

En suma, según esa concepción simplona, la bondad no es una construcción sino que cualquier tonto por el mero hecho de adscribirse a esa forma de pensar goza de santidad y nada depende de uno sino que los percances propios devienen de los otros.

Obviamente todo esto aniquila la ética del trabajo y del logro a través de él. La igualdad con el otro, la libertad del otro, la solidaridad con el otro, el respeto del otro, la tolerancia con el otro, el respeto a las normas, todos ellos, se menoscaban. Vale todo. La cultura hegemónica es daltónica a lo cívico y ni se imagina que hay que educar en valores, que hay que educar en reflejos republicanos, sobre el poder, los límites y el control del poder, el sentido de las instituciones, los derechos del ciudadano, etc.. No, lo que se le ocurre al partido de gobierno es reducir horas de clase de informática e inglés (el idioma del imperio, dijo uno de los jerarcas).

El paquete trae engarzada una buena teoría de la conspiración que  explica que uno nada puede hacer –dado el orden mundial- y hace que miles de uruguayos no crean que a las torres del World Trade Center las hayan derribado los fundamentalistas árabes, ni que Bin Laden haya existido o lo hayan matado. El discurso cultural hegemónico –la liberación, el hombre nuevo socialista, el arte comprometido, la educación trinchera ideológica, etc.- es una fábrica de zoombies retro sin un lugar en el mundo y con remera del Che. En realidad la izquierda produce un “hombre viejo”. La liberación ha terminado en la sumisión más grande que el país conoce a lo extranjero y a los poderes fácticos nacionales.

Discurso que, por otra parte, hizo buenos  a los mayores criminales en la historia de la humanidad, el socialismo real (100.000 millones de muertos, nazis por cinco). Sin cambiar la versión ni pedirle disculpas a nadie luego de la caída del muro. Y que hoy sostiene que Chávez, Evo o Correa son de izquierda o el hombre nuevo. ¿?.

Todo este modelo cultural se está cayendo a pedazos, por ahora travistiéndose, y la cultura compañera será sustituida por la cultura republicana, nuevamente, de la libertad creativa de los ciudadanos conscientes.

4.- La política no baja valores en su discurso. La polémica que protagonizó al país del éxito –la “moral laica” o la moral religiosa- es un ejemplo de lo que no se discute hoy. Simplemente, la moral laica –sostén de la nación- ha desaparecido.

Los medios de comunicación

La televisión uruguaya hoy es una repetidora de la televisión argentina. Los disvalores que emergen del programa de Tinelli, o similares, son comentados todos los días, incluyendo sábados y domingos, durante horas en la televisión uruguaya por todo tipo de programas de chismes. Como en Argentina han hecho de la ganadería una filosofía trascendental importamos de allí, todas las noches, una fijación particular por las nalgas y las ubres. Solo que siempre falseadas por reconstrucciones sucesivas en homenaje al bisturí. La envidia, el escándalo, la prostitución, el consumo de drogas son lo valorado. Se organizan concursos para elegir novia de un personaje a cambio de una tarjeta de crédito gold, de un coche y algo más. La cola de candidatas a prostituirse es de cuadras y cuadras para regocijo de los organizadores, que ven en ello un éxito. Se pelean todos todo el tiempo, se engañan todos, se insultan, todo por nada que suponga un valor sino “un minuto de fama”. Ese es el mensaje.

Cuando la televisión uruguaya descansa del escándalo del disvalor aparecen las telenovelas argentinas, donde todo es inverosímil, falso y sobre todo hueco.

Esa es la contribución ética de la televisión nacional uruguaya a su sociedad. De todos los canales privados. Que se forran de dinero en las tandas más largas del mundo haciendo negocio con la idea de que el hombre es una escoria. Es obvio que hay que ponerle un impuesto a la escoria que la detenga, por lo menos parcialmente.

El Presidente tero.

Cómo se sabe, el Presidente Mujica es autor de la máxima del disvalor cuál es “así como te digo una cosa te digo la otra”. Estos días anda amenazando a los canales porque describir la inseguridad lleva más tiempo que la presencia del Presidente en los medios, que está en segundo lugar. Pero no nos equivoquemos. Es como el tero, canta en un lado y pone el nido en otro.

El gobierno anterior no dio la licencia para un nuevo canal que rompiera el oligopolio, cual era su compromiso electoral de 2005, y estuvo libre todo el tiempo ese canal sin adjudicar, como lo hicieron los partidos históricos antes. Claro, ello devino ahora en que el Frente Amplio ocupara el 85% del tiempo televisivo de los informativos. Mujica, entonces senador, tenía largometrajes en los informativos de Canal 10, por ejemplo. Salía dos o tres veces por informativo en casi todos los canales. Mujica le debe su carrera a los canales no a los tiros.

Los canales obtuvieron primero sus licencias originales, hace décadas, y más licencias en los últimos días del gobierno Sanguinetti. Luego obtuvieron el manejo de la televisión cable (su competidora en todos lados) cuando el gobierno blanco, de manera que el empobrecimiento de la oferta cable determinó durante años un límite de consumo que no perjudicara a los canales de aire. Con el gobierno Vázquez se aseguraron de seguir repartiendo la torta publicitaria entre tres y no entre cuatro (si se hubiera concedido la licencia prometida). Y ahora, Mujica les va a consolidar el oligopolio con la televisión digital. La tecnología digital permite que las cinco ondas que tiene Uruguay (tres privadas, una estatal y una libre) se transformen en 20 ondas. En  lugar de democratizar los medios, 16 ondas irán para los canales actuales, y cuatro se distribuirán entre agentes sociales (PIT-CNT, Universidad, etc.). Tal vez quede algún canal (uno entre veinte) y la senadora Topolansky lo está reclamando para el Frente Amplio.

No hay que creerse el enojo del Presidente con la televisión. Se está peleando con unos con los que está arreglado en el tema de fondo. El ruido que hace cae en la figura de encubrimiento del gran beneficio que se le da a un poder fáctico, el oligopolio de los canales televisivos, como el Frente Amplio ha hecho con todos los poderes fácticos. Y que siga la farra de la falta de valores en la comunicación del país. Con esta televisión, fortalecida por Mujica, no habrá valores.

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