EL DIARIO

Martes, 11 de Agosto del 2020

USA En Crisis. Ahora La Recuperación Le Toca Al Mercado

Por Ricardo J. Lombardo, el 9 agosto, 2011

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La crisis del 2008 fue  originada por los mercados. Las políticas fiscales y monetarias tuvieron que salir a su rescate. Ahora ocurre todo lo contrario. De una serie de desatinos gubernamentales que desencadenaron la crisis perfecta, la recuperación depende de que el mercado recobre la confianza.

Hace tres años, la economía norteamericana ingresó en una fase recesiva porque el sistema financiero privado casi la llevó a la ruina, asignando recursos equivocadamente.

El gobierno norteamericano que ya venía en una etapa fuertemente expansiva en su gasto, acentuó esa tendencia siguiendo el consejo keynesiano con el objeto de ser contracíclico y evitar males mayores por la caída del consumo. Para ello continuó endeudándose fuertemente.

El Banco de la Reserva Federal siguió el consejo monetarista y expandió sensiblemente la base monetaria, para darle fluidez a la demanda interna persiguiendo el mismo objetivo.

Con eso apoyos, la economía logró evitar su colapso y empezó un lento proceso de crecimiento.

Pero, como era lógico, pronto se comprobó que  el problema era más complejo. Había dificultades estructurales que era necesario abordar. La desocupación no pudo bajarse tan rápidamente y cuando los estímulos empezaron a agotarse, se volvió a una economía anémica.

Mientras tanto, las empresas iniciaron un proceso de destrucción creativa, diría Schumpeter. En su gran mayoría se reconvirtieron rápidamente. Las que recurrieron a la innovación y tecnología, aumentaron su eficiencia y  productividad. A los pocos meses generaron nuevamente resultados muy alentadores. Las utilidades trimestrales superaron en amplísimos porcentajes las estimaciones de Wall Street. Comenzaron, muchas de ellas, a sentarse en abundante liquidez. Su efectivo creció de manera exorbitante. Para tener una idea, la caja que hoy tienen empresas como Apple, Google o Microsoft, individualmente consideradas, son ampliamente superiores a las reservas internacionales de cada uno de los países de América Latina, excepto Brasil.  Esto hizo pensar en que los que  auguraron el fin del capitalismo, habían subestimado la capacidad del sistema de reinventarse a sí mismo.

Sin embargo, esa liquidez  que dispone el grueso de las empresas reconvertidas, tanto norteamericanas como europeas,  en gran parte no la ponen a producir, no la reinvierten. Prefieren depositarla en los bancos a tasas cero. Tienen un problema de confianza que está amenazando con revertir el proceso iniciado. Los gobiernos, que hace tres años vinieron a rescatarlas, ahora  están escribiendo un manual de desaguisados en materia de conducción política. No hay liderazgos inspiradores, ni propósitos colectivos. Por el contrario, son capaces de juntar todos los ingredientes para desencadenar una crisis perfecta como la que ocurrió hace unos días.

La crisis perfecta

Muchos creen que los hechos recientes se iniciaron porque Standard & Poor’s  degradó la deuda norteamericana. Eso no es cierto. Este anuncio en todo caso hizo culminar un proceso que  había empezado varios días antes. La discusión sobre la deuda externa norteamericana pareció al público una comedia de enredos, que hizo evidente a los mercados la incapacidad de los dirigentes políticos para resolver el tema. Uno se pregunta si tuvo sentido haber puesto sobre la mesa  el apocalipsis del “default”, afectando la credibilidad y el prestigio de Estados Unidos, cuando en realidad se sabe que ese extremo es imposible desde que es el Tesoro de ese país el que imprime los dólares en los que está endeudado.

Y esa comedia está llena de intereses entremezclados que afectan a distintos sectores: los impuestos, el seguro de salud, el déficit, la seguridad social, y muestran una sociedad dividida incapaz de alinearse detrás de un propósito común.

A eso hay que sumar que el Fed ya parece haber agotado sus municiones, y no sería aconsejable una nueva ronda de expansión monetaria: sin confianza, no hay liquidez que valga. Se puede arrimar el caballo a la laguna, pero no se lo puede obligar a tomar agua. Además existe el riesgo de agregar una dificultad más: la inflación.

En Europa, no sólo no se solucionan los problemas sino que los distintos gobiernos muestran una creciente impericia para lidiar con su déficit y endeudamiento. Lo único cierto, por ahora, es que Alemania sigue transfiriendo riqueza a los demás países. ¿Hasta cuándo?

Las economías emergentes,  al borde del recalentamiento, deben bajar su crecimiento y eso amenaza con una recesión generalizada.

Así que estaban todos los ingredientes para la crisis perfecta. Faltaba el detonante. Y el mismo lo fue el acuerdo insuficiente para reducir el déficit fiscal en Estados Unidos. Desde entonces se desencadenó la desconfianza. O leído de otra manera, los mercados enviaron una señal muy clara: “hemos perdido la confianza”. S&P sólo tuvo el coraje de interpretar lo que estaba en el ambiente.

La solución al problema: confianza

Muchos economistas recurren a los textos para ver cómo solucionar el problema. Los neokeynesianos como Krugman reclaman más gasto y menos impuestos. Otros le demandan al Fed más estímulos monetarios. Pero tanto el Tesoro como el Banco de la Reserva Federal se han quedado sin margen de maniobra.

¿Qué es lo que esperan los mercados en realidad de la política fiscal o de la política monetaria? Nada. O mejor dicho, que no hagan nada más que lo que tienen que hacer. No más estímulos, no más déficit, no más apoyos. Gracias por habernos salvado cuando los necesitábamos, ahora  pongan la casa en orden. Disciplina fiscal y estabilidad de precios. Eso es lo que los mercados parecen estar aguardando para empezar a dinamizar la economía. Las grandes corporaciones no tienen endeudamientos, tienen buenas rentabilidades, elevada liquidez. Sólo necesitan recuperar la credibilidad para decidirse a andar, y tiempo para  generar puestos de trabajo y hacer crecer el producto.

Parafraseando la sentencia bíblica. Hay un tiempo para  cada cosa. Hay un tiempo para el estado y hay un tiempo para el mercado. Ahora debería tocarle al mercado.

 

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